Mi señora:

Heme aquí en un pueblecito llamado Boo y a dos meses de veros sin menospreciar los tantos que llevo ya sin vuestra presencia. El sufrimiento sería cruel si no fuera por esa bendita luna que cada noche me trae vuestro recuerdo y las historias que algún lugareño cuenta bajo el calor del fuego. Recuerdo una carta vuestra que me preguntaba cuánto os amaba y a este recuerdo se une la siguiente historia de un joven juglar:

“No hace mucho, vivía un hombre que de joven se enamoró de la hija de un conde de estas tierras. Una joven hermosa e inteligente y heredera de la fortuna de su padre. Todos en el pueblo rumoreaban que aquel hombre, pobre hasta la médula, la había enamorado y que sin ningún pudor manifestaba a los cuatro vientos que era el hombre más rico del mundo. Cada primer domingo de mes, los amantes cogían el camino que llevaba al bosque y allí pasaban todo el día, el uno junto al otro, hablando, riendo, mirándose… Hasta que a la puesta de sol volvían y tras un dulce beso, regresaban cada cual a su casa.

Pasado un tiempo la joven sufrió una enfermedad de varios años hasta que un día amaneció muerta entre los brazos de aquel no tan joven mozalbete, pues no contaban ninguno de ellos con más de 30 años. Herido, pálido y medio moribundo vagaba el joven como alma en pena. Así pasó algún tiempo hasta que un día se le vio corriendo de nuevo y gritando de alegría que era el hombre más rico del mundo. Todos en el pueblo le tomaron por loco, pues la herencia del padre no sería para él y era aún el más pobre del lugar.

Así pasaba la vida y el hombre seguía haciendo aquello una vez al mes. Un vecino del pueblo le siguió aquel día que corría como un loco y desde muy temprano se convirtió en su sombra. Fueron al puerto y tras pescar por la mañana, al medio día cogió el camino que llevaba al bosque y en un pequeño prado recogió algo del suelo y se sentó hasta la hora de comer. Luego, corrió hasta el pueblo diciendo que era el hombre más rico.

El vecino quedó tan extrañado que fue a preguntarle por qué decía aquello si seguía siendo tan pobre como antes o, incluso, más. El enamorado le contestó que sí lo era, que no había muerto y que aún la tenía junto a él. El vecino creyó con firmeza que se le había ido la cabeza por completo, pero antes de que pudiera contestar, el enamorado le entregó una carta escrita por el puño y letra de la joven enferma.

Ésta, antes de morir, escribió cartas para que cada primer domingo de mes fuera depositada una en aquel lugar donde fue tan feliz. Cuenta la leyenda que aquel hombre siguió recibiendo una carta tras otra toda su vida. Cuentan que desde entonces, en aquel pueblo no hubo hombre más rico que él.”

Mi señora, he aquí que esa noche no se dijo ninguna palabra más y que tal y como terminó me dispuse a componeros esta carta.

¿Cuánto os amo? Os amo tanto como aquel pobre a su amada, como aquel pobre a su bello rincón del bosque, como aquel pobre a su mayor tesoro: las palabras de amor de una mujer.

Para siempre, sea en vida o muerte, vuestro joven juglar.