Huellas

By Juan

Una pareja venía caminando por la sabana, en el oriente
del Africa, mientras nacía la estación de la lluvias. Aquella
mujer y aquel hombre todavía se parecían bastante a los
monos, la verdad sea dicha, aunque ya andaban erguidos
y no tenían rabo.


Un volcán cercano, ahora llamado Sadiman, estaba
echando cenizas por la boca. El cenizal guardó los pasos
de la pareja, desde aquel tiempo, a través de todos los
tiempos. Bajo el manto gris han quedado, intactas, las huellas.
Y esos pies nos dicen, ahora, que aquella Eva y aquel
Adán venían caminando juntos, cuando a cierta altura ella
se detuvo, se desvió y caminó unos pasos por su cuenta.
Después, volvió al camino compartido.


Las huellas humanas más antiguas han dejado la marca
de una duda.


Algunos añitos han pasado. La duda sigue.


Bocas del Tiempo (E. Galeano)

 

FIN

By Juan

FIN

 

Pobres Ovejas

By Juan

Había una vez una familia de pastores. Tenían todas las ovejas juntas en un solo corral. Las alimentaban, las cuidaban y las paseaban.
De vez en cuando, las ovejas trataban de escapar.
Aparecía entonces el más viejo de los pastores y les decía:

- Vosotras, ovejas inconscientes y soberbias, no sabéis que, fuera, el valle está lleno de peligros. Solamente aquí podréis tener agua, alimentos y, sobre todo, protección contra los lobos.

En general, eso bastaba para frenar "los aires de libertad" de las ovejas.
Un día nació una oveja diferente. Digamos que era una oveja negra. Tenía espíritu rebelde y animaba a sus compañeras a huir hacia la libertad de la pradera.

Las visitas del viejo pastor para convencer a las ovejas de los peligros exteriores se hicieron cada vez más frecuentes. No obstante, las ovejas estaban inquietas y cada vez que se las sacaba del corral, daba más trabajo reunirlas de nuevo.

Hasta que, una noche, la oveja negra las convenció y huyeron.
Los pastores no notaron nada hasta el amanecer, cuando vieron el corral roto y vacio.

Todos juntos fueron a llorarle al anciano jefe de familia.
-¡Se han ido, se han ido!
-Pobrecitas...
-¿Y el hambre?
-¿Y la sed?
-¿Y el lobo?
-¿Qué será de ellas sin nosotros?
El anciano tosió, aspiró su pipa y dijo
-Es verdad, ¿qué sera de ellas sin nosotros? Y lo que es peor....
...¿Qué será de nosotros sin ellas?





 

Érase una vez un universo oscuro, un universo negro, un universo helado y matemático.

No se sabe por qué, dos estrellas se miraron y se enamoraron. Tan grande y hermoso fue su amor que dejaron de describir infalibles órbitas elípticas para dibujarse tiernos corazones entrelazados.

Se querían tanto..., pero la distancia era grande, y no podían acariciarse ni besarse. ¡Si por un solo instante pudieran estar juntas! Pero eso estaba prohibido en un universo oscuro, en un universo negro, en un universo helado y matemático.

Aun así no se resignaron a vivir separadas, alejadas por un denso y silencioso vacío; así que decidieron quebrantar la eterna ley del perfecto y ordenado universo. Con un cómplice guiño se salieron de sus órbitas convirtiéndose en dos estrellas fugaces, dirigiéndose a un mismo destino a la velocidad del deseo y el cariño

Tan solo querían besarse; sabían que ése sería su primer y último beso, pero a pesar de ello continuaron vertiginosas su sendero suicida..., hasta que se encontraron, fundiéndose en un luminoso y bello abrazo de amor y de muerte. Fue el precio tuvieron que pagar por quererse en un universo oscuro, en un universo negro, en un universo helado y matemático.

Ellas fueron las primeras, pero si alguna noche de verano, mirando el cielo, ves una estrella fugaz, piensa que en algún lugar hay otra, que están enamoradas, y que aunque vivamos en un universo oscuro, en un universo negro, en un universo helado y matemático, lograrán encontrarse, se besarán por un instante nada más y desaparecerán entre destellos de amor y ternura


Alberto Pisa Allué







 

Tus bragas

By Juan

Soñé que me metí en tu cama
tras un festival de invierno,
ahora ya no sueño nada,
ya ha pasado mucho invierno.

Y no sé como es tu cama
ni como suda tu cuerpo,
me he quedado con las ganas
y tu, te has quedado conmigo.

Con mis ganas de vivir,
con mis ganas de sentir,
con mis ganas de pecar,
con mis ganas de soñar.

Y ante tanto desconsuelo
echo mis huesos al suelo
y me duermo boca arriba,
por ver si me ahoga la pota
de ese Ron que ya es vinagre,
el que alimenta mis sueños.

Más los sueños mierda son
y tu, te has quedado conmigo.
Con mis ganas de vivir,
con mis ganas de sentir,
con mis ganas de pecar,
con mis ganas de soñar.

Y no me has dejado nada,
y de nada nunca hay restos.

Yo soñaba con tus bragas
y tu, te has quedado conmigo.

Yo soñaba con tus bragas,
tus bragas, tus bragas, tus bragas.


El ultimo ke cierre - tus bragas

P.D.: Ya se que no es un cuento...pero a buen entendedor....

 

La barba

By Juan

Había una vez un hombre que tenía una barba bien poblada.

Un día se fue la fue a recortar un poco pues el lado izquierdo lo tenía más alto que el derecho y como era un hombre bastante perfeccionista, pues así lo hizo.

Al recortarse la parte izquierda, ésta se quedó por debajo de la derecha, con lo que se recortó un poco el lado derecho. Pero este se quedó más corto que el izquierdo y recortó de este lado. Pero se quedo también por debajo. Cuando se quiso dar cuenta se había recortado tanto la barba que tuvo que afeitársela entera

Desde entonces, este hombre, tiene pánico a recortarse las uñas de los pies

 

Mi señora:

Heme aquí en un pueblecito llamado Boo y a dos meses de veros sin menospreciar los tantos que llevo ya sin vuestra presencia. El sufrimiento sería cruel si no fuera por esa bendita luna que cada noche me trae vuestro recuerdo y las historias que algún lugareño cuenta bajo el calor del fuego. Recuerdo una carta vuestra que me preguntaba cuánto os amaba y a este recuerdo se une la siguiente historia de un joven juglar:

“No hace mucho, vivía un hombre que de joven se enamoró de la hija de un conde de estas tierras. Una joven hermosa e inteligente y heredera de la fortuna de su padre. Todos en el pueblo rumoreaban que aquel hombre, pobre hasta la médula, la había enamorado y que sin ningún pudor manifestaba a los cuatro vientos que era el hombre más rico del mundo. Cada primer domingo de mes, los amantes cogían el camino que llevaba al bosque y allí pasaban todo el día, el uno junto al otro, hablando, riendo, mirándose… Hasta que a la puesta de sol volvían y tras un dulce beso, regresaban cada cual a su casa.

Pasado un tiempo la joven sufrió una enfermedad de varios años hasta que un día amaneció muerta entre los brazos de aquel no tan joven mozalbete, pues no contaban ninguno de ellos con más de 30 años. Herido, pálido y medio moribundo vagaba el joven como alma en pena. Así pasó algún tiempo hasta que un día se le vio corriendo de nuevo y gritando de alegría que era el hombre más rico del mundo. Todos en el pueblo le tomaron por loco, pues la herencia del padre no sería para él y era aún el más pobre del lugar.

Así pasaba la vida y el hombre seguía haciendo aquello una vez al mes. Un vecino del pueblo le siguió aquel día que corría como un loco y desde muy temprano se convirtió en su sombra. Fueron al puerto y tras pescar por la mañana, al medio día cogió el camino que llevaba al bosque y en un pequeño prado recogió algo del suelo y se sentó hasta la hora de comer. Luego, corrió hasta el pueblo diciendo que era el hombre más rico.

El vecino quedó tan extrañado que fue a preguntarle por qué decía aquello si seguía siendo tan pobre como antes o, incluso, más. El enamorado le contestó que sí lo era, que no había muerto y que aún la tenía junto a él. El vecino creyó con firmeza que se le había ido la cabeza por completo, pero antes de que pudiera contestar, el enamorado le entregó una carta escrita por el puño y letra de la joven enferma.

Ésta, antes de morir, escribió cartas para que cada primer domingo de mes fuera depositada una en aquel lugar donde fue tan feliz. Cuenta la leyenda que aquel hombre siguió recibiendo una carta tras otra toda su vida. Cuentan que desde entonces, en aquel pueblo no hubo hombre más rico que él.”

Mi señora, he aquí que esa noche no se dijo ninguna palabra más y que tal y como terminó me dispuse a componeros esta carta.

¿Cuánto os amo? Os amo tanto como aquel pobre a su amada, como aquel pobre a su bello rincón del bosque, como aquel pobre a su mayor tesoro: las palabras de amor de una mujer.

Para siempre, sea en vida o muerte, vuestro joven juglar.



 

Y recuerda esto: la auténtica ira es mejor que una sonrisa fingida porque, por lo menos, es auténtica. Y el hombre que no sabe enfadarse de verdad no podrá ser nunca auténtico. Por lo menos, él es auténtico, veraz consimo mismo. Pase lo que pase, puedes confiar en que se muestra tal como es.

Y esto es lo que yo veo: un enfado verdadero es hermoso, mientras que una falsa sonrisa es fea. El odio auténtico posee su propia belleza, como el auténtico amor...porque la belleza esta relacionada con la verdad, no con el odio, no con el amor. Lo que es bello es lo auténtico. La verdad es hermosa bajo cualquier apariencia. El hombre que está verdaderamente muerto es más hermoso que el hombre que está falsamente vivo porque, al menos, posee la cualidad basica de la autenticidad.


 

“AVIONES DE PAPEL”

Hace mucho tiempo, cuando yo era pequeñito, iba al colegio como todo hijo de vecino. Cuando llegué a 6 de EGB pues ya iba solo al colegio. Normalmente, bajaba corriendo porque era cuesta abajo y me gustaba la sensación del viento de la mañana en la cara.

El colegio no estaba a mucha distancia, unos 100 - 150 metros, pero por aquel entonces me parecía mucho. Cuando estaba en 8º un día como otro, bajé corriendo la cuesta, giré a la derecha metiéndome en unos soportales, para bajar de un salto las escaleras de estos para retomar la acera de nuevo y tras mirar el semáforo del cruce que tenía a 30 metros y mirar que el muñeco parpadeaba, imprimí velocidad a mis piernas para poder cruzarlo.

Por los pelos y justo cuando se ponía en rojo el muñeco, pasé hasta la plaza donde había un kiosco de la ONCE escoltado por cuatro bancos de parque (dos a los lados y dos en frente). Crucé otra calle y llegué hasta la puerta del colé. Ya había entrado todo el mundo y subí deprisa a la clase. Entre cuando la puerta estaba ya cerrada y sin hacer mucho ruido me dirigí hacia mi asiento.


Al llegar a él, había alguien sentado a mi lado. Normalmente no se sentaba nadie, pues éramos impares y a mi me toco solo. Pero ese día se había sentado una niña en se pupitre.


Tenía el pelo moreno, negro como el tizón, y brillante, como si se reflejara la luz en él. Era largo y le llegaba por la espalda. Al volver la cara hacia mí, justo cuando eché la silla hacia atrás para sentarme, pude contemplar sus ojos dorados de un tono oscuro como la miel. Tenía la cara rechonchilla pero no muy gorda. Una nariz no muy larga y unos labios grandecitos. También tenía una cicatriz en la nariz, justo en el medio de la misma que le iba desde el tabique y subía hacia su ojo izquierdo.

Durante unos segundos que parecieron eternos, miré sus ojos sin poder apartarlos. Un cosquilleo me recorrió el cuerpo, desde los pies hasta la punta de los dedos. Era muy profunda esa mirada y me enamoró. Aunque era muy tímido, empezamos a hablar. Era muy lista y tenía comentarios para todo. Estuvimos un año juntos y hablábamos cada día. Aún tachándome mis compañeros de mariquita, me quedaba jugando y hablando con ella en el recreo.


A mi me gustaba mucho, pero era muy tímido para decírselo. De siempre lo había sido. Ella, también estaba enamorada de mí y en su forma de hablar y su forma de dirigirse a mí lo demostraba. Al ver que yo no tomaba la iniciativa, un día, al volver del recreo, tenía encima de la mesa un avión de papel. Cuando lo vi, creí que era una broma de mis compañeros, y una burla. Al mirarlo más detenidamente, ví que había una letras escritas; desplegué el avión y dentro ponía un "te quiero".


Yo no quería darme cuenta, pero sabía que tenía que ser de mi compañera. Pero aun me daba mucha vergüenza declararme, aun de la forma como lo había hecho ella. Cuando llegó vio el avión y me miro como esperando una respuesta. Su mirara estaba con un tono especial, pero aun estando tan preciosa como estaba y tuviera muchas ganas de decírselo, no pude. Y me quede callado esperando a que viniera la profesora. En la cara de mi compañera pude ver que había algo de decepción.


Para mi sorpresa al día siguiente había dos aviones con mensajes, y al día siguiente 3, y así sucesivamente. Hasta que un día toda la clase estaba llena de aviones de papel con un te quiero en cada uno. Cuando entré, ella estaba mirándome y de repente por las ventanas entro una racha de viento que hizo que uno a uno, todos los aviones emprendieran el vuelo. Tal era el viento, que hizo que los aviones giraran en círculos y empezaran a salir por las ventanas. Entre el torbellino de aviones, el pelo de mi compañera se agitaba movido por el viento, ondulando sus pequeños rizos... como si también quisieran emprender el vuelo. Los aviones salieron por la ventana y traspasaron el muro del patio del colegio. Todos esos aviones volaron por toda la ciudad. Cayendo en las manos de la gente que en la ciudad vivía. Y al abrirlos toda la gente lo leía: "te quiero". Sin pensarlo apenas, esbozaban una sonrisa sugerente y quedando ensimismados por aquel acontecimiento.


Uno de aquellos aviones no llego a salir y llego manso a mis manos. Con el pelo al viento y esos ojos penetrantes clavados en los míos, se acercó como una musa mitológica. Y susurrándome al oído me dijo que si no sabía de quien eran esos aviones. Yo no pude reprimirme más y le dije que sí, pero le pregunté por que me había regalado todos esos aviones. Ella, sin vacilar ni un instante y con una voz dulce que me llegó al corazón me dijo:


"te he regalado miles y miles de aviones de papel, porque tú eres mi cielo"




"para ti"


 

Aunque la pierna del hombre apenas se movía, Fido, debajo de la mesa, apreciaba grandemente esa caricia en los alrededores del hocico. Esto era casi tan agradable como recoger pedacitos de carne asada directamente de las manos del amo. Hacía ya dos años que, en contra de su vocación y de su contextura (patas gruesas y firmes, cogote robusto, orejas afiladas), Fido se había convertido en un perro de apartamento, condición que parecía avenirse mejor con los cuzcos afeminados, histéricos y meones, que desprestigiaban el segundo piso.

Fido no pertenecía a una raza definida, pero era un animal disciplinado, consciente, que por lo general aplazaba sus necesidades hasta el mediodía, hora en que lo sacaban a la vereda para que afectuara su revista de árboles. Sabía, además, cómo aguantarse en dos patas hasta recibir la orden de descanso, traer el diario en la boca todas las mañanas, emitir un ladrido barítono cuando sonaba el timbre y servir de felpudo a su dueño y señor cuando éste volvía del trabajo. Pasaba la mayor parte del día echado en un rincón del comedor o sobre las baldosas del cuarto de baño, durmiendo o simplemente contemplando el verde sedante de la bañera.

Por lo general, no molestaba. Cierto que no sentía un afecto especial hacia la mujer, mas como era ella quien se preocupaba de prepararle el sustento y de renovarle el agua, Fido hipócritamente le lamía las manos alguna vez al día, a fin de no perturbar servicios tan vitales. Su preferido era, naturalmente, el hombre, y cuando éste, después de almorzar, acariciaba la nuca o la cintura o los senos de la mujer, el perro se agitaba, celoso y receloso, en el rincón más sombrío del comedor.

Los grandes momentos del día eran, sin duda: las dos comidas, el paseo diurético por la vereda, y especialmente, este solaz después de la cena, cuando el hombre y la mujer charlaban, distraídos, y él sentía junto al hocico el roce afectuoso de los pantalones de franela.

Pero esta noche Fido estaba extrañamente inquieto. El golpeteo de la cola no era, como en otras sobremesas, una señal de mimo y reconocimiento, una treta habitual de perro viejo. En esta noche el pasado inmediato pesaba sobre él. Una serie de imágenes, bastante recientes, se habían acumulado en sus ojitos llorosos y experimentados. En primer término: el Otro. Sí, una tarde en que estaba solo en el apartamento, durmiendo su siesta frente a la bañera, la mujer llegó acompañada del Otro. Fido había ladrado sin timidez, se había comportado como un profeta. El tipo lo había llamado repetidas veces en un falsete cariñoso, pero a él no le gustaban ni aquellos cortantes pantalones negros ni el antipático olor del hombre. Dos o tres veces pudo dominarse y se acercó husmeando, pero al final se había retirado a su rincón del comedor, donde el olor de la frutera era más fuerte que el del intruso.

Esa vez la mujer sólo había hablado con el Otro, aunque se había reído como nunca. Pero otro día en que ella estaba sola con Fido y apareció el tipo, se habían tomado de las manos y terminaron abrazándose. Después, aquella cara redonda, con bigote negro y ojos saltones, apareció cáda vez con más frecuencia. Nunca pasaban al dormitorio, pero en el sofá hacían cosas que le traían a Fido violentas nostalgias de las perritas de cierta chacra en que transcurriera su cachorrez.

Una tarde -quién sabe por qué- volvieron a notar su presencia. Desde el comienzo, Fido había comprendido que no debía acercarse, que los ladridos proféticos del primer día no podían repetirse. Por su propio bien, por la continuidad de los servicios vitales, por el ansiado paseo a la vereda. No lamía la mano de nadie, pero tampoco molestaba. Y, sin embargo, ellos habían advertido su presencia. En realidad, fue la mujer, y era natural, porque con el tipo no tenía nada en común. Acaso ella tuvo especial conciencia de que el perro existía, de que estaba presente, de que era un testigo, el único. Fido no tenía nada que reprocharle, mejor dicho, no sabía que tenía algo para reprocharle pero estaba allí, en el baño o en el comedor, mirando.

Y bajo esa mirada húmeda, lagañosa, la mujer acabó por sentirse inquieta y no tardó en ser atrapada por un odio violento, insoportable.

Naturalmente, poco de esto había llegado a Fido. Pero una cosa lo alcanzaba y era el rencor con que se le trataba, la desusada rabia con que se admitía su obligada vecindad.

Y ahora que recibía la diaria cuota de afecto, ahora que sentía junto al hocico el roce y el olor preferidos, se sabía protegido y seguro. Pero, ¿y después? Su problema era un recuerdo, el más cercano. Hacía un día, dos, tres -un perro no rotula el pasado- el tipo había tenido que irse con apuro (¿por qué?) y había dejado olvidada la cigarrera, una cosa linda, dorada, muy dura, sobre la mesita del living.

La mujer la había guardado, también con apuro (¿por qué?) bajo una cortina de la despensa. Y allí, no bien estuvo solo, fue a olfatearla Fido. Aquello tenía el olor desagradable del tipo, pero era dura, metálica, brillante, una cosa cómoda de lamer, de empujar, de hacer sonar contra las tablas del piso.

La pierna del hombre no se movió más. Fido entendió que por hoy la fiesta había concluido. Perezosamente fue estirando las patas y se levantó. Lamió todavía un pedacito de tobillo que estaba al descubierto, entre el calcetín raído y el pantalón. Después se fue sin gruñir ni ladrar, con paso lento y reumático, a su rincón tranquilo.

Pero sucedió entonces algo inesperado. La mujer entró al dormitorio y regresó en seguida. Ella y el hombre hablaron, al principio relativamente calmos, después a los gritos. De pronto la mujer se calló, descolgó el saco de la percha, se lo puso a los tirones y -sin que el hombre hiciera ningún ademán para impedirlo- salió a la calle, dando un portazo tan violento que el perro no tuvo más remedio que ladrar.

El hombre quedó nervioso, concentrado. A Fido se le ocurrió que éste era el momento. Nada de venganza; en realidad, no sabía qué era. Pero el instinto le indicaba que éste era el momento.

El hombre estaba tan ensimismado, que no advirtió en seguida que el perro le tiraba de los pantalones. Fido tuvo que recurrir a tres cortos ladridos. Su intención era clara y el hombre, después de vacilar, lo siguió con desgano. No fue muy lejos. Hasta la despensa. Cuando el perro apartó la cortina, el hombre sólo atinó a retroceder, después se agachó y recogió la cigarrera.

En realidad, Fido no esperaba nada. Para él, su hallazgo no tenía demasiada importancia. De modo que cuando el hombre dio aquel bárbaro puñetazo contra la pared y se puso a gritar y a llorar como un cuzco del segundo piso, no pudo menos que, también él, retroceder asustado ante la conmoción que provocara. Se quedó silencioso, pegado al marco de la puerta, y desde allí observó cómo el hombre, con los dientes apretados, gritaba y gemía. Entonces decidió acercarse y lamerlo con ternura, como era su deber.

El hombre levantó la cabeza y vio aquel rabo movedizo, aquel cargoso que venía a compadecerlo, aquel testigo. Todavía Fido jadeó satisfecho, mostrando la lengua húmeda y oscura. Después se acabó. Era viejo, era fiel, era confiado. Tres pobres razones que le impidieron asombrarse cuando el puntapié le reventó el hocico.

Mario Benedetti

 

Compañera
usted sabe
puede contar
conmigo
no hasta dos
o hasta diez
sino contar
conmigo

si alguna vez
advierte
que la miro a los ojos
y una veta de amor
reconoce en los míos
no alerte sus fusiles
ni piense qué delirio
a pesar de la veta
o tal vez porque existe
usted puede contar
conmigo

si otras veces
me encuentra
huraño sin motivo
no piense qué flojera
igual puede contar
conmigo

pero hagamos un trato
yo quisiera contar
con usted

es tan lindo
saber que usted existe
uno se siente vivo
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco
no ya para que acuda
presurosa en mi auxilio
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo.

Mario Benedetti

P.D.: ¿Puedo contar contigo?

 

Ay del sueño

By Juan

Ay del sueño
si sobrevivo es ya borrándome
ya desconfiado y permanente
y tantas veces me hundo y sueño
muslo a tu muslo
boca a tu boca
nunca sabré quién sos

ahora que estoy insomne
como un sagrado
y permanezco
quiero morir de siesta
muslo a tu muslo
boca a tu boca
para saber quién sos

Ay del sueño
con esta poca alma a destajo
soñar a nado tiernamente
así me llamen permanezco
muslo a tu muslo
boca a tu boca
quiero quedarme en vos.

Mario Benedetti (Geografías)

 

Había una vez dos ranas que cayeron en un recipiente de nata.

Inmediatamente se dieron cuenta de que se hundían: era imposible nadar o flotar demasiado tiempo en esa masa espesa como arenas movedizas. Al principio, las dos ranas patalearon en la nata para llegar al borde del recipiente. Pero era inútil, sólo conseguian chapotear en el mismo lugar y hundirse. Sentían que cada vez era más difícil salir a la superficie y respirar.


Una de ellas dijo en voz alta: "No puedo más. Es imposible salir de aquí. En esta materia no se puede nadar. Ya que voy a morir no veo por qué prolongar este sufrimiento. No entiendo qué sentido tiene morir agotada por un esfuerzo estéril"

Dicho esto, dejó de patalear y se hundió con rapidez, siendo literalemente tragada por el espeso liquido blanco.

La otra rana, más persistente o quziá más tozuda se dijo: "¡No hay manera!
Nada se puede hacer para avanzar en esta cosa. Sin embargo, aunque se acerque la muerte, prefiero luchar hasta mi último aliento. No quiero morir ni un segundo antes de que llegue mi hora"

Siguió pataleando y chapoteando siempre en el mismo lugar sin avanzar ni un centímetro, durante horas y horas.

Y de pronto, de tanto patalear y batir las ancas, agitar y patalear, la nata se convirtió en mantequilla.

Sorprendida, la rana dio un salto y, patinando, llegó hasta el borde del recipiente. Desde allí, pudo regresar a casa croando alegremente.


Déjame que te cuente (Jorge Bucay)

P.D.: Lo prometido es deuda...